Y si bien podrían recopilarse aún incontables leyendas de aquella rica cultura aymara, el proyecto queda abierto para un futuro en donde puedan sumarse más y más historias dignas de ser leídas y difundidas entre los hermanos latinos y del mundo antes de ser olvidadas por la incomunicación o falta de interés.
La mayor parte de los relatos han sido obtenidos a través de tres fuentes fundamentales: Manuel Mamani Mendoza, Rita Tikona Mendoza, ambos habitantes de
El Movimiento Artístico Latinoamericano agradece a todos aquellos que han apoyado la iniciativa, tanto en difusión como en aporte de datos para que el “Proyecto Aymara” finalice exitosamente.
A continuación se expone una breve leyenda como adelanto de lo que vendrá, convertido en libro ilustrado.
EL TORO DE ORO
Situada frente al extremo norte de
Una superficie carente de árboles y una escasa vegetación plagada de piedras que le brindan un pálido matiz, en comparación a las que pueden verse a su alrededor, dan signo de su singularidad. Así, ni los comunales ni los pescadores osan pisar la mítica superficie, siquiera circundarla o acercarse con sus botes, por temor a sufrir alguno de sus encantos o maldiciones.
Cuenta la historia, entre tantas otras, que en la época colonial, los imperialistas españoles enviaban algunos grandes buques de madera desde el Perú, donde se transportaba azúcar y otros alimentos, hacia Bolivia. Dichos buques eran comandados por esclavos peruanos a través del Titikaka, cuya ruta inevitable pasaba a la vera de
En la medianoche andina estrellada, los navegantes esclavos de uno de aquellos buques vieron parado en la orilla un gran toro de oro y entonces, contagiados por la inmensa codicia material de los colonos, áurea avidez, arrojaron un lazo que, efectivamente, se cerró en torno a su cuello dorado. Y ya se festejaban unos a otros ante el rotundo cambio en sus suertes y se relamían con el futuro que yacía tras la madrugada. Pero…
¡Funesto devenir! Tras cada tirón que los esclavos, exhaustos, daban a la resistente soga, el inmenso buque se hundía poco a poco; y así el deseo de riqueza pudo más que el de la vida esclava, y en no muchos tirones se hundió del todo el buque mientras, bajo la noche estrellada, refulgía en la orilla el toro de oro.
Un abuelito habitante de aquella región asegura haber encontrado, en su juventud, restos de aquel buque de madera y se precia de aún conservarlos, convertidos en pequeña puerta para su humilde morada en
Fuente: Rita Tikona Mendoza, Isla del Sol.