lasobras de la semana

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"EVA PELUDA"
Machi (Mar del Plata, Argentina)
ceramica, pintura y cabello
38 x18cm
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"NINFAS"
Didier Franco (Colombia)
Acrilico sobre lienzo
130 x 85cm
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METAMORFOSIS
Andrés Bonvin (Argentina)
tinta sobre papel
Vida y Dolores, hijas de la virgen del bosque y de un casto efebo, salían cada día a la única calle del Pueblo para jugar con los caminantes que pasaban por vez primera o con los que ya conocían el camino y pasaban sin querer, sin querer porque no era agradable ser juguete de ese dúo tan bello y, más que por cualquier otra cosa, porque no había otro camino.
Nacidas del mismo vientre en el mismo día, las niñas fueron, lógica y naturalmente, muy unidas. Lo que una quería la otra tenía, no reía una sin contagiar a la otra; y si Vida se encariñaba con un carnero o con una obeja Dolores pronto se les acercaba y así, cuando ésta corría a la orilla del río a revolotear entre los pescadores, Vida ya estaba esperándola sentada sobre las piedras.
El juego que más les gustaba era el que ellas llamaban astutamente "el llamado a la inocencia", que consistía en sentarse al costado de la calle y llamar al viajero o a un casual transeúnte con infantil gesto, al que nadie puede resistirse –como ellas mismas sabían- y cuando uno cualquiera se acercaba y se inclinaba para escuchar el dulce pedido de la niña no recibía más que un insulto al oído y un fuerte pellizco en una de sus mejillas, acompañado aquello por una sonrisita malvadamente atractiva. Otra de sus travezuras constaba simplemente en gritar descaradamente, es decir, como siempre –pues los niños desconocen el pudor- alguna verdad al cura sobre su comportamiento con las mujeres del pueblo, o al ayudante del médico sobre su addición a sus muchos remedios y a las viejas que eternamente salen a tomar aire les escupían sus aventuras de cuando fueron bellas y jóvenes “y no como ahora, que son como un bandoneon que se arruga expulsando todo su aire con una queja” solía decir Dolores; corrían al deforme con un espejo, mostrándole su pobre aspecto, al Don Juan le pisoteaban el ego y al pulcro le arrojaba un puñado de tierra Dolores y un poco de agua la encarnada Vida. ¡Extraños juegos para dos niñas! ¡Extraño placer de golpear la herida y reír ante el sufrimiento ajeno! Vil atracción hacia el fondo de la humillada existencia.
Año tras año, centímetro a centímetro, Dolores y Vida fueron creciendo atractivamente idénticas, de cabellos morenos, de piel blanca como el lienzo sin mancha, ojos razgados negros y unos tímidos pómulos asomando en la redondez de sus rostros, gozaban las dos del privilegio de la absoluta belleza. Ambas gustaban del blanco para sus vestidos, aunque preferían correr sin atuendos por la casa y por el bosque, siempre y cuando no las viera el Hombre.
Y con la suma de aquellos años tras años fueron poco a poco perdiendo esa semejanza en cuerpo y espíritu las gemelas, al punto de volverse aún más palida y colmada de cicatricez la Vida y oscurísima Dolores. Desde entonces la una danza por el bosque sin sendero que es como un círculo y que por eso nunca termina -mas tiene un fin que no divisa- y la otra se consume y se desmaterializa, sorda -porque lleva sellados los oídos para no escuchar los gemidos, las súplicas y los gritos del Hombre-, cubriéndolo todo con su aroma inholoro y su desnudez invisible.