Las Obras del Mes

A seis años de su muerte...




"CHOCOCOLA"

Matías Flocco (Argentina)

-técnica mixta-

-100 x 160-


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CHOCOCOLA, LA VIDA DE UN SANTO
Andrés Bonvin (Argentina)

-tinta sobre papel-

-mito urbano-


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Desde los primeros años de este recién nacido siglo veintiuno, era de ignorancia, tiempos de tantos intereses creados, de movimiento vano, corre la historia de un hombre cuya vida yace en el anonimato y que, de ser posible, podría describirse en tres palabras: humildad, sabiduría y benevolencia.
Pero un halo de misterio cubre su historia, desde su nacimiento hasta su muerte, de modo que imposible es precisar muchos aspectos de su vida, y por ello mismo revolotean en derredor mil sucesos fantásticos que lo han convertido, inmortalizándolo, en el mito urbano que es hoy en día.

Nacido quién sabe dónde y de desconocida herencia, Chococola, de quien lamentablemente ignoramos su verdadero nombre, desde su más tierna infancia fue progresivamente adquiriendo toda la fama y todas las supersticiones de que es digno un personaje de su calaña.
Las especulaciones fijan su nacimiento en el transcurso del año 1934, según cálculos tardíos que juegan con el año y la edad de su muerte.
Hay quienes aseguran que sus padres fueron asesinados por un pedazo de pan en Retiro, cuando Chococola aún desconocía las palabras, y hay quienes dicen, los más románticos, que su padre es el mismísimo Creador que, fecundando a una prostituta retirada y estéril, depositó en su vientre el influjo de la vida. Otros dan ferviente testimonio de que no era sino un pobre hijo de extranjeros ilegales abandonado en un contenedor de basura en el barrio porteño de Villa Pueyrredón.

Así, arrastrado por la vida como una hoja en la corriente negra de una zanja, Chococola llegaría a la Agronomía una primavera de cielos claros y latente humedad, con un ya copioso prontuario de míticas acciones cargado a sus espaldas; entre las que se encuentran el ayuno de cincuenta y cinco días, la resurrección de una rata muerta, aparentemente, por causas naturales, la multiplicación del vino dentro de su cantimplora que, dicen, nunca se vaciaba, e incluso el exorcismo de un niño endemoniado.

Desde su llegada al barrio supo que jamás abandonaría aquel paraíso vegetal dormido en medio del monstruoso desierto de asfalto. Porque ahí aprendió todo lo que la vida tiene para enseñar a la mente astuta y bien dispuesta, y también lo que los libros encontrados en una bolsa de basura, sin olvidar las lecciones del maestro Raciocinio sobre el hombre contemporáneo y su devenir.

Y un día el niño se convirtió en hombre y el ignorante en profeta. De sus labios gruesos comenzaron a brotar verdades como de su pipa brotaba el humo de volutas grises y azuladas.
En un principio los habitantes de la zona lo veían como un pordiosero al que una vida de abusos etílicos había abandonado ahí, pero su estima crecía a la par de su barba, y su sabiduría con su indigente desapego.
Así fue que Chococola, cobrando fama de santo en el ámbito del hampa renegrido y la clandestinidad arrabalera, tanto por sus acciones como sus dicciones, se alzó entre sus iguales como el guía espíritu-carnal, como se alza un pueblo unido por una razón noble. De manera que pronto reunió un pequeño grupo de seguidores que lo visitaban desde varios barrios bajos de la Capital Federal y las localidades lindantes, con serias intenciones de ahogar penas en su cantimplora mágica, al tiempo que el santo les obsequiaba sus enseñanzas y su sabiduría, como si regalara parte de su alma.
Entre sus pocos amigos se había ganado el título de “Sancho”, apócope nacido del “San Chococola”, que era nombre adoptado no sólo por su humildad sino por su ya mencionada sabiduría y su desinteresada benevolencia para con toda funesta criatura que se inquieta sobre la faz de la tierra.
No obstante, más que de Sancho, su figura era bien quijotesca por su contextura raquítica y longa estatura, con una piel amarillenta y elástica adherida a los huesos como brillante lycra y cubierta en partes por sucios harapos a modo de túnica sobre sus hombros, bajo los cuales asomaba la camiseta de la selección Argentina, todo aquello coronado por un manojo de cabellos blancos e hirsutos que enmarcaban sus ojos de claro cielo.
Sancho gustaba regalar a los animales con alimento y a los hombres, que no se consideran animales, vino con palabras sabias, con enseñanzas y, cuando la aventura lo llevaba más allá de los límites de la Agronomía, era solícito con quien se viera necesitado de una “mano amiga” en cualquier situación. Hacía justicia donde no la había, sembraba árboles en los canteros sin tierra e ideas en la cabeza de los hombres.

Mas un 14 de Noviembre de 2005, noche primaveral de luna llena, pálida y fría, la Agronomía despidió repentinamente con un llanto en silencio al alma más grande, más desinteresada y más tristemente alegre que alguna vez sintió acariciar su piel de verde alfombra. Sancho fue encontrado muerto por su más fiel seguidor y amigo, desparramado en la hierba a orillas de la laguna; quien asegura haberlo enterrado con sus propias manos en algún lugar de aquella su casa a cielo abierto.

Dice este hombre que al acercarse al predio de la laguna ya presentía y sentía una energía inusual y un silencio desgarrador. Al penetrar en su campo visual los perímetros de la laguna, un espectáculo singular se acomodó delante de sus ojos: los patos de albo plumaje formaban un círculo rodeando el cuerpo inmóvil de Sancho, que por su expresión parecía plácidamente dormido a la vera de su cantimplora que aún despedía las últimas gotas de vino, como su fuera su llanto.
Los patos parecían hacer la guardia a aquel hombre que tantos trozos de pan y tantas otras migajas compartiera con ellos y el viento parecía silbar su nombre hasta que una lluvia primaveral lo despidiera con el cosquilleo de incontables gotas como caricias.
Un funeral realmente fantástico y digno de un hombre santo como lo fue aquel sabio del moderno arrabal.

Así como su origen es motivo de numerosas fabulaciones, su vida después de la muerte no lo es mucho menos. Hay quienes dicen que el cuerpo santo, ya pútrido, duerme la siesta eterna en el fondo fangoso de la laguna, otros aseguran que yace bajo tierra en algún llano reverdecido de la Agronomía y nunca faltan los que aseguran haber visto el espíritu de Sancho deambulando solitario en la claridad de las noches de luna llena.